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     Experiencias de Ofelia |

  

Por Lucía Teissier
SALTILLO, COAH., ENE 22, 2006 (VANGUARDIA SEMANARIO).- Las tardes solían ser la gloria de los niños. Alargando morosamente el trayecto de la escuela a la casa, las parvadas de chicuelos se desparramaban por callejuelas y jardines, huertas y cerros, arroyos y rinconadas.

Pájaros en busca de fruta robada, mariposas entre flores, ardillas trepadoras en las ramas más altas de los altos árboles, quietos contempladores de la vida mínima y del ocaso pasmoso de belleza, embriones de poeta detenidos ante la música de un silbo o un trino, ante la curva de un puente o el tul de una nube.

Solitarios silenciosos de mirada hacia adentro y lento caminar distraído; parejas parecidas de palabra parva; ruidosos grupos alharaquientos, de carrera y pedrada, de grito y carcajada, de pela repentina y rápida avenencia.

Así iban, libres sobre la tierra tibia y sobre el cielo cada vez menos luminoso, hasta que la sombra primera los hacía volver, reluctantes, a la puerta entreabierta junto a la ventana de la lámpara encendida, a la mesa de albo mantel y manjares simples, cálidos y amables, a la sonrisa de la madre y la palmada del padre.

Y en las mañanas había que ganarle tiempo al tiempo para dejar lugar al trayecto pausado de la casa a la escuela, por calles recién barridas y regadas, con portones abiertos hacia zaguanes en penumbra, hacia patios floridos o hacia jardines de altas tapias cubiertas de bugambilias y madreselvas; con ventanas por las que había que asomarse a mirar el reloj antiguo, la vitrina llena de porcelanas delicadas como flores, la mecedora balanceándose al viento suave; o ante las que había que detenerse -por fuerza- para acariciar la bruñida superficie de la gran caracola rosada que guardaba -decían los mayores- en sus interminables giros todas las voces del mar desconocido; o para pasar la mano, con deleitoso estremecimiento mitad placer, mitad temor por el lomo del gran gato de Angora que dormitaba sobre el cojín bordado, o por el del canecillo de piel de seda dorada o alba que inútilmente lanzaba su ladrido ridículo al intruso atrevido.

O por callejuelas desiertas sin aceras junto a las altas bardas de adobes deslavados, en cuyos huecos había en primavera nidos de gorriones, y sobre las que caían las ramas tupidas de los nogales que en otoño dejaban caer sobre el polvo dorado de sol recién despierto las nueces de corazón lleno y aceitoso que luego comerían a hurtadillas, burlando la vigilancia de la maestrita de boca severa y sonrisa en los ojos.

Detenerse para coger la pequeña rana que habría de provocar los gritos de terror medio fingido de las niñas, en plena clase de lectura, o para robar del jardín de la señora de traje oscuro y ceño fruncido la rosa en botón todavía cubierta de gotas de rocío, que habría de abrir sus pétalos en el pequeño florero de cristal, sobre el escritorio de la maestra. O arriesgar el regaño por el retardo, con tal de prolongar el viaje mientras se iba pateando una piedrecilla azul a todo lo largo del camino, o mientras se hacían altos innumerables para esperar que cayese el trompo, “dormido” por largo tiempo gracias a la pericia del jugador, o para ir persiguiendo las canicas que iban cambiando de dueño en el trayecto por las vicisitudes del juego. Tiempo de niños libres.

Hoy no es posible. Nuestros niños están presos. De las cuatro paredes de la casa -muchas veces sin sol y sin cielo- van a las cuatro paredes de la escuela, encerrados en rápidos vehículos. No pueden ver, oír, sentir la vida alrededor. Por la tarde regresan de igual manera, a sentarse frente al televisor, espectadores de una vida ficticia que no viven, pobres esponjas que igual absorben lo mucho malo que lo poco bueno. Los niños están presos. Y somos los mayores quienes hacemos cada vez más altas y más fuertes las rejas de su prisión.

 

 

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